czwartek, 11 lipca 2019

El viajero cambiado: El potencial transformador de los viajes, la cuestión del ego, la humildad y la apertura mental


Postureo en Ladakh, cerca del lago Pangong Tso ;)
El viernes pasado fui invitado a participar en una charla sobre viajes llamada “¿Qué es el viaje de mi vida?”, organizada por mi amiga Alicja y la escuela de idiomas World Class BCN Language School en Barcelona. El enfoque principal del evento era el potencial transformador de los viajes. Esto me animó a escribir sobre las lecciones más importantes que aprendí en el viaje. Otra gran inspiración para mi texto fue un fantástico artículo que leí meses antes de emprender mi viaje con el que concuerdo totalmente. El autor critica lo que él llama “la dictadura de viajar” en cinco puntos bien elaborados. Viajar está de moda y parece que nos hace felices, además de convertirnos en mejores personas. Viendo las fotos de nuestros amigos y amigas en las redes sociales podríamos concluir que es una bonita experiencia capaz de cambiarnos profundamente. He escuchado de muchos viajeros que todos deberíamos intentarlo alguna vez en la vida. ¿Pero es realmente así? Yo, al igual que el autor de la crítica, discrepo de esta visión idealizada de los viajes.

Empezaré por algunos puntos ya desarrollados en el artículo. Creo que ya mucho antes de plantearme mi viaje a Asia del Sur sabía perfectamente que yo era un privilegiado por poderme permitir esa aventura. Hoy soy aún más consciente de que los viajeros somos un pequeñito porcentaje de personas de países ricos o familias adineradas que además disponen del tiempo libre para dejar su residencia por muchos meses o hasta años. En cambio, para la inmensa mayoría de la población mundial, sobre todo proveniente del “sur global”, un viaje largo es algo completamente inconcebible. Basta con decir que muchísima gente, incluso en Europa, Canadá o Estados Unidos, quizás ni siquiera sale de su pueblo o su provincia.

El fuerte Merangarh en Jodhpur (Rajasthan, India)
Me imagino a algunos diciendo que todo es posible si uno trabaja duro y ahorra. Pues no, ni siquiera así. Cada vez que invitaba a mis amigos y amigas indias a Barcelona, veía una sonrisa triste de una persona que sabe cuál sería el sacrificio. Incluso la gente de clase media que trabaja en corporaciones internacionales en los grandes centros económicos como Mumbai, Bangalore o Gurgaon, calculaba que necesitaría ahorrar durante dos o tres años para comprar los vuelos de ida y vuelta y tener suficiente dinero para pasar dos semanas en Europa. Además, está el tema de las vacaciones. Durante mi viaje conocí a dos chicas indonesias que me contaron que sólo disfrutaban de doce días de vacaciones al año. En la India muchos jóvenes trabajadores de oficina hacen horas extras no pagadas y hasta van a trabajar los fines de semana, pero ni así su sueldo se acerca a los más bajos en Europa. Esas injustas diferencias hacen que unos podamos pasar años en la India viviendo de ahorros o trabajando como autónomos, mientras que los jóvenes indios con nuestra educación y capacidades se matan trabajando para poder salir de viaje a Manali o Goa de vez en cuando.

Por otro lado, y a pesar de ser un privilegio, viajar no es sólo el placer y la diversión que veremos en los “selfies” de nuestras amistades en las redes sociales. Somos muchos los que renunciamos a las comodidades por la adrenalina y la aventura. ¿Vale la pena? Depende de si están dispuestos a aceptar el sacrificio que conlleva eso. Por ejemplo, muchas veces les tocará dormir o satisfacer las necesidades en lugares muy incómodos, como también nota el autor del texto recomendado arriba. Viajando en autobuses y trenes nocturnos pasarán días y noches sin poder ducharse: malolientes, sucios y cansados. Hay miles de situaciones frustrantes: autobuses que no llegan, malentendidos, personas que no respetan el espacio público, etc. Con menos suerte se pueden enfermar a miles de kilómetros de casa y tendrán que confiar en desconocidos, a veces dependiendo de ellos completamente. Yo lo pasé francamente mal en algunos momentos, pero lo recordaré todo con mucha satisfacción y agradecimiento. De todas maneras, soy consciente de que este tipo de experiencias no son para todos.

La tumba de Humayún (Delhi)
Otra cuestión que el autor del texto pone en duda es si los viajes nos hacen mejores personas. Yo me pregunto sobre todo si los viajes realmente abren nuestras mentes. Tantas veces había leído esa famosa frase que dice que el racismo se cura viajando y nunca me acababa de convencer. Después de cruzarme con cientos, si no miles, de viajeros, la respuesta que les daré es “no necesariamente”. He conocido a personas que sabiendo o sin saber arrastraban los prejuicios de sus países y ya no los soltaron hasta el último día del viaje. He escuchado comentarios racistas, sexistas, homófobos y clasistas de bastantes viajeros. Lo más común era la incapacidad de salir del pensamiento eurocentrista o tal vez la falta de voluntad de hacerlo. Soluciones tan sencillas como acercarse y hablar con la gente local para tratar de entenderla, a veces eran demasiado pedir… Por lo tanto, viajar no nos hace mejores personas, pero sí que puede hinchar nuestro ego. Para tratar de mejorar como persona, primero hay que viajar con la mente abierta y con humildad.

Una crítica importante a la masificación del viaje es su impacto en el medio ambiente. Nos preocupa el rápido deterioro de las capas de hielo polares causado por el calentamiento global, pero tomamos un vuelo cada vez que queremos viajar, y así contribuimos al odiado cambio climático. Mientras muchas pequeñas “contribuciones” al desastre ecológico que se nos avecina parecen inevitables, el turismo es una actividad que transforma el paisaje profundamente y casi siempre a peor. ¿Quiere decir eso que deberíamos dejar de viajar? Pues yo, de momento, no estoy dispuesto a renunciar a este privilegio y oportunidad para aprender, pero trato de minimizar mi impacto en el medio ambiente. Intento tomar vuelos solamente cuando son viajes largos: por ejemplo, de Barcelona a Delhi. En cambio, dentro de la India trato de viajar siempre en tren o autobús, aunque el desplazamiento dure veinte horas. De igual manera siempre podemos hacer algo más para respetar el medio ambiente o la cultura local: no comprar cosas hechas con plástico, no malgastar agua, no imponer nuestras normas culturales, etc.

Unos templos en Khajuraho (Madhya Pradesh, India)
Por otro lado, los viajes seguramente tienen un potencial transformador. Yo sin duda aprendí lecciones importantes sobre la vida gracias a los nueve meses fuera de casa viajando. En algunos casos entendí la lección sólo después de volver a casa y descubrí cómo ha cambiado mi percepción. Creo que durante un viaje uno puede aprender a valorar la simplicidad que después choca con las complejidades de la vida cotidiana. Por ejemplo, pasé los nueve meses de mi aventura sólo con lo realmente necesario: un mínimo de ropa, algo de medicamentos, sandalias, botas de montaña, dos libros y… poco más. En cambio, cuando posteriormente volví a mi piso en Barcelona y empecé a sacar las cajas y mochilas con mi ropa, papeles y otras cosas, me llevé las manos a la cabeza y pensé: “¿Para qué necesito tanto?”. Lo cierto es que por algo lo dejé en casa y quizás en realidad no necesito la gran mayoría de mis pertenencias. La simplicidad de la vida viajera nos puede llevar a cuestionar el materialismo de la vida cotidiana y querer una vida más sencilla.

Pero hubo otra cosa que ha cambiado durante el viaje: mi perspectiva eurocéntrica ha quedado muy alterada. Mis primeras semanas en Europa me parecen algo surrealistas: a veces me siento como si estuviera en una burbuja que nos protege de lo desagradable e incómodo. Todo lo feo y doloroso ocurre fuera de la burbuja, dentro hay casi un Disneyland construido de imágenes bonitas que no hieren sensibilidades. Las calles limpias y la separación de la basura, de la cual una parte milagrosamente acaba en Asia, me parecían una mentira teniendo en cuenta la enorme cantidad de residuos que producen las sociedades europeas. Comparado con esa burbuja, la India es la cruda realidad en la que veremos la muerte, la pobreza y la suciedad sin filtros, delante de nosotros. Para ilustrarlo, quería dar el ejemplo de los animales. En la Antigua Delhi vi a unos jóvenes carniceros cortar las gargantas a unas gallinas que gritaban y aleteaban desesperadamente. Esas escenas sangrientas ocurrieron delante de cientos de viandantes durante el día. A escasos metros vi unas cabezas de cabra cortadas. En Calcuta me chocó ver una cabeza de vaca despellejada delante de una carnicería. Sí, ha sido muy duro ver toda esa crueldad, pero ¿de verdad creen que esto no ocurre en Europa? Claro que ocurre, pero detrás de los muros de los mataderos que fueron trasladados fuera de las ciudades para ocultar esa realidad. Seguramente hay más cosas feas y desagradables que nos ocultan en nuestra burbuja.

El campamento base del Annapurna en Nepal
Viajar, y sobre todo en solitario, puede ser muy beneficioso para personas tímidas o las que no siempre saben defender sus intereses en situaciones incómodas. En la India, por ejemplo, nos tocará luchar por mantener nuestro lugar en la cola del metro o por descender de un tren local en Mumbai. Muchas veces tendremos que llamar la atención de todos los pasajeros de un autobús haciendo preguntas en inglés al ayudante del conductor. En ocasiones puede que nos moleste la música fuerte que un joven comparte con todos en un tren a través de un parlante, y tendremos que llamarle la atención delante de todos. Yo no soy especialmente tímido y no diría que tuviera la autoestima baja, pero generalmente no me gusta llamar demasiado la atención y verme juzgado por personas desconocidas. Sin embargo, después del viaje siento que ya no me preocupa tanto lo que pensarán los demás.

Para acabar, quería volver a la importancia del diálogo intercultural y el aprendizaje que puede aportar a ambas partes del intercambio. Para eso, deberíamos rechazar el sentimiento de superioridad con el que muchas veces podemos viajar a otras partes del mundo, sobre todo siendo hombres blancos y occidentales. En la India entendí lo mucho que podríamos aprender los occidentales de mis paisanos y paisanas indias, y viceversa, si tuviéramos la apertura mental necesaria. En la sociología muchas veces nuestras sociedades europeas son descritas como individualistas, mientras que la gran mayoría de sociedades asiáticas son consideradas colectivistas (por ejemplo, lean el estudio de Milton J. Bennett del 1998). Es una diferencia que para mí quedó patente en mis conversaciones sobre la familia o el amor con mis amigos y amigas en la India

Los puentes de raíces vivientes en Meghalaya, en el este de la India
Un día mi tío me contó la historia de un señor mayor que le alquilaba una habitación en su casa en Estados Unidos en los años 80. Cuando mi tío acabó sus estudios y volvió a la India, la hija del señor envió a su padre a una residencia para mayores, donde murió poco después. “Aquí esto no pasaría, nosotros cuidamos de nuestros mayores”, me dijo mi tío bastante indignado. Sé que no siempre es verdad y pienso sobre todo en las viudas de Vrindavan y Varanasi, pero en líneas generales es cierto que en el sur de Asia el apego familiar es mucho más fuerte que en Europa para lo bueno y lo malo.

El valor de las relaciones sentimentales y el amor también diferencia las dos sociedades y creo que nos podríamos beneficiar mutuamente buscando algo más de equilibrio entre dos posiciones casi opuestas. Mientras en las grandes ciudades europeas reina el individualismo, el desapego y el miedo al compromiso, en la India la gente se enamora como en las películas de Bollywood y persiste como los y las protagonistas de esos filmes. Hablando con amigos, familiares y gente desconocida aprendí que se entregan completamente al sentimiento y no les asusta la responsabilidad y el compromiso.

El amor representa lo más alto en la jerarquía de valores. El sufrimiento parece formar parte de él y es asumido con naturalidad. Los amores no correspondidos son habituales, pero la gente no se rinde. Personalmente me pareció una visión demasiado idealizada y muy impráctica, pero hasta un cierto punto también bonita. Tal vez a nosotros en el “norte global” nos haría bien algo más de romanticismo indio, mientras que allá se beneficiarían de nuestro pragmatismo e individualismo para evitar un sufrimiento innecesario. En fin, quiero decir que el aprendizaje puede funcionar en las dos direcciones y ser beneficioso para ambas partes. Sin embargo, también para eso es necesario viajar con la mente abierta. Y con humildad.

sobota, 23 marca 2019

Conflicto indo-pakistaní visto desde Udaipur (Rajasthan)

La vista del lago Pichola desde la terraza de mi hostal en Udaipur
Despertarse en un autobús nocturno que acaba de llegar a su destino es una experiencia estresante en la India. El guión suele ser el siguiente: el ayudante del conductor cruza el pasillo gritando el nombre de la parada y empieza a haber movimiento detrás de todas las cortinas. Los cuerpos inmóviles vuelven a la vida y aparecen caras con ojos hinchados del sueño. En la puerta del autobús ya esperan varios conductores de autorickshaw (tuktuk).“Adónde quiere ir?”, preguntan. Esta vez el precio que me ofrecen por llevarme a mi hostal no me acaba de convencer, así que me voy caminando a mi hostal.

Es la segunda vez que me quedo en el mismo hostal, cerca del lago y del City Palace, un complejo de palacios espectaculares de la época de oro de Udaipur: la de los príncipes rajput. En la recepción del hostal me reconoce el mismo chico punjabi que estaba al cargo la última vez. Ya no lleva trenzas en su pelo pero sigue vistiendo la ropa de marca más moderna y escuchando rap en su ordenador. Es un chico muy sociable que se gana a todo el mundo en el hostal con su forma de ser cariñosa, su sonrisa encantadora y su curioso acento punjabi-australiano. En general cae bien naturalmente.

Un conflicto interminable y la campaña electoral

Son días muy agitados en la India por culpa del conflicto con Pakistán. Hace algo más de una semana un terrorista-suicida del grupo Jaish-e-Mohammed que actúa desde Pakistán, mató a más de cuarenta policías en Pulwama, en el estado de Jammu y Cachemira. En respuesta al ataque, las fuerzas aéreas indias llevaron a cabo un bombardeo dentro del territorio pakistaní, afirmando que han matado a más de trescientos terroristas. La reacción del pueblo indio no se hizo esperar: alentada por los políticos y los medios de comunicación, mucha gente vivió la tensión con una excitación poco sana. Por ejemplo, en Udaipur un grupo de jóvenes tiraba petardos y celebraba el bombardeo gritando “Hindustan zindabaad” (“Que viva la India”) y lemas contra Pakistán y hasta Bangladesh…

El lago Pichola y el City Palace en la parte derecha
En la sala común del hostal un hombre pasó todo el día viendo las noticias de los cientos de canales de noticias indios. Absolutamente todos los canales hablaban del conflicto y el nombre “Pakistán” era la palabra más repetida. Los medios de comunicación parecían sonar los tambores de guerra y empujar al gobierno y al ejército hacia el precipicio de la guerra. Por otro lado, el gobierno derechista-hindú de Narendra Modi aprovechó el atentado para cargar con dureza contra Pakistán y crear una imagen de un gobierno y un líder firmes en la defensa del pueblo indio. Muchos analistas coinciden en que el conflicto le conviene a Modi de cara a las elecciones generales anunciadas para este abril y mayo.

Del lado pakistaní se tomaron las acusaciones de apoyar a Jaish-e-Mohammed como una ofensa. Un día después del bombardeo en territorio pakistaní, un avión caza indio fue derribado y su piloto fue tomado como prisionero de guerra. El primer ministro de Pakistán, Imran Khan, aprovechó ese inesperado regalo del cielo para lanzar un mensaje diferente al de su homólogo rival: unas palabras de paz. Dos días después de detenerlo, Khan liberó al piloto esperando que así conseguiría rebajar las tensiones. El gesto fue muy aplaudido no solamente por actores internacionales ajenos al conflicto sino también por el ala más liberal de la sociedad india. Esa actitud conciliadora debió ser un golpe para Modi y su gobierno ya que durante varios días no hicieron declaraciones al respeto.

Casi un mes más tarde la tensión sigue vigente, aunque los dos países evitan un enfrentamiento directo. Muchos vuelos internacionales han sido desviados por culpa del cierre del espacio aéreo pakistaní. En Cachemira se acusa al gobierno indio de torturar y asesinar a un profesor de escuela detenido. Los indios no olvidan a sus “mártires” de Pulwama pero el conflicto empieza a desaparecer de las conversaciones cotidianas. Sin embargo, el historial de confrontaciones entre los dos países no invita al optimismo. Más pronto que tarde la chispa del odio provocará otro incendio…

środa, 13 marca 2019

Vida nocturna, modernidad y tradición en Mumbai

No es Londres, es Bombay :)
Empecé con mal pie mi primera visita a Mumbai en diciembre por culpa de un hostal que dejaba mucho que desear. El edificio no tenía ningún espacio común y los baños eran muy pequeños e incómodos. En cada habitación había unas catorce camas, por lo cual había bastante menos intimidad y más ruido que en otros sitios que había visitado. Después de estar enfermo durante casi dos semanas me apetecía estar en un lugar más cómodo y tranquilo, por lo cual reservé un sitio en un hostal más caro para la noche siguiente.

El hostal se encuentra en una estrecha y larga calle de West Bandra, abundante en pequeño comercio de todo tipo. El precio es el doble de lo que pagué en el hostal anterior, y parece que ya es bastante prohibitivo para muchos viajeros indios. Aquí, a diferencia del otro hostal, la gran mayoría de huéspedes son extranjeros, sobre todo ingleses, estadounidenses y canadienses. El hostal es muy limpio y cómodo. Mientras escribo en el comedor con mi portátil escucho a unas chicas inglesas hablar de moda e influencers en Instagram. Luego dos chicas quebequenses de veinte años me cuentan sus viajes: ya han estado en más lugares que yo a su corta edad. Hay un DJ, también de Inglaterra, que nos invita a salir a un local donde pinchará música electrónica esta noche. Al final salgo con un grupo de veinte personas hacia el lugar.

Vista del paseo marítimo Marine Drive en el sur de Mumbai
Fuera del club ya se escucha el ritmo típico de la música house. En la entrada me doy cuenta de que somos sin duda el grupo más informalmente vestido y yo tal vez soy uno de los pocos en pantalón corto y sandalias. Los jóvenes a nuestro alrededor llevan lo mismo que en cualquier otro local caro en Barcelona, Londres o París: jeans, faldas, camisetas, camisas y de vez en cuando alguna prenda más extravagante. La planta baja es un bar, mientras que la planta de arriba tiene una barra y una pista de baile. Durante la hora que paso en el club, la música que suena es house. Como la ropa y la decoración del club, la música también entra en la categoría de la modernidad globalizada, alejada del ‘folklore’ local. Por un lado es algo que me entristece, pero me doy cuenta de que no es justo esperar que algunas culturas se mantengan fieles a la tradición mientras otras cambian constantemente.

Existe un imaginario eurocéntrico que exotiza la India y su población, sólo teniendo en cuenta la India tradicional e ignorando la moderna y globalizada. Sin entrar en valoraciones de la globalización, ese es un pensamiento fuertemente arraigado en el colonialismo y lo que Edward Said llama ‘orientalismo’: un conjunto de imágenes exotizadas del oriente como un lugar de pasiones, supersticiones y excesos, y un orden social tradicional. Me hace recordar unas palabras de Martín Caparrós sobre los descendientes de un pueblo indígena en Argentina:

Siempre me sorprende esta exigencia de que los indios [indígenas americanos] persistan en todo lo que fueron, que se dediquen a la conservación. Siempre me sorprende que parezca de buen sentido progre humanitario conseguir que conserven: los indios sólo son lo que deben ser si son como eran – y los que se lo exigen suelen ser los que están, supuestamente, por el cambio.

Todos nos mezclamos; por suerte, todos nos mezclamos. Nuestras costumbres cambian, nuestras vidas. ¿Por qué eso que en los demás se llama cambio – cuando no progreso – en los indios parece ser desastre?

Un partido de cricket en un parque en Colaba
De todas maneras, Mumbai ofrece una interesante mezcla de tradiciones y modernidad, lo local y lo globalizado. Delante de mi moderno hostal en West Bandra pasan dos parejas musulmanas: los hombres barbudos con su kurta y gorra de color blanco, y las mujeres de negro, con el pelo cubierto por un velo. Detrás de un hombre que tira de un carrito con mercancías se impacienta un conductor de un coche cuatro por cuatro: el carro poco debe haber cambiado en siglos y el coche parece recién salido de la fábrica. En las calles de Bandra me cruzo con mujeres hindúes vestidas en saris, con el simbólico punto bindi en la frente, mientras que otras apuestan por pantalones, camiseta y gafas del sol. En Mumbai la gran cantidad de templos rivaliza con el creciente número de rascacielos y los antiguos bazares se disputan el negocio con los centros comerciales. Los contrastes que tanto caracterizan la India, son aún más agudos en esta impresionante megalópolis.

Mientras reflexiono sobre la globalización y las tradiciones, llega la hora de marcharme del hostal para tomar el autobús a Udaipur. Salir de Mumbai es un reto monumental por dos razones. Tal vez seamos una minoría los que sucumbimos al encanto de la ciudad, pero no resulta fácil dejarla atrás, sobre todo si uno siente que no volverá pronto. Salir resulta doloroso también por otro motivo: dura una eternidad. Lo había hecho en autobús dos veces y en ambos casos el autobús tardó unas dos horas en llegar a los bordes de la ciudad. Cada tarde los atascos inmovilizan la gran flota de coches y ponen a prueba la paciencia de los conductores, los pasajeros y todos los habitantes de Mumbai. Por suerte, después de la prueba llega la recompensa: la autopista recta y ancha.

Más fotos de Mumbai:

El horizonte urbano de Mumbai visto desde Marine Drive

La puesta del sol desde Marine Drive

El cielo tras el atardecer visto desde Marine Drive

El cielo tras el atardecer visto desde Marine Drive

wtorek, 12 marca 2019

Vergüenza y locura en Mumbai

Gateway of India - la puerta de entrada y salida a la India de los británicos.
Desde aquí salieron los últimos gobernantes y soldados coloniales en 1948.
Un día subí a un tren local hacia el sur de Mumbai con un grupo de extranjeros de mi hostal. De entrada se armó un pequeño revuelo a nuestro alrededor. Mucha gente nos miraba con curiosidad mientras hablábamos en inglés con al menos cinco acentos diferentes. En ese instante entendí que quizás me siento mejor cuando viajo solo. Normalmente prefiero pasar más desapercibido, lo cual es perfectamente factible si estoy solo y no llevo ropa demasiado llamativa para los estándares indios.

Los extranjeros atraemos las miradas también por algunos comentarios poco afortunados que hacemos desde la ignorancia. Por ejemplo, aquel día en el tren un chico inglés dijo que los precios en la India le parecían “ridiculously cheap”. Miré a mi alrededor y vi algunas miradas que interpreté como una especie de reproche. Me sentí mal pero decidí no entrar en la discusión.

El parque Oval Maidan y la torre Rajabai Clock Tower: el 'Big Ben' de
Mumbai.
A mí también me parece ridículo que la vida aquí sea tan barata para nosotros y que la vida en Europa sea tan cara para la gente de aquí. Es inaceptable e injusto que yo pueda visitar a mis amigos y amigas de la India pero ellos no se pueden permitir viajar a Europa para verme por culpa de la gran diferencia entre nuestros sueldos. Tal vez una cena que los turistas y viajeros occidentales consideramos barata puede equivaler a los gastos en comida de una familia en una semana. Pensé que este tipo de comentarios es bastante innecesario y quizás hasta ofensivo para algunas personas, aunque entiendo que la mayoría no son pronunciados con malas intenciones.

En la vuelta de Colaba a Bandra el tren estaba tan lleno que no me pude mover ni un centímetro. Empecé a recordar algunas aventuras en los trenes locales durante mi anterior visita a Mumbai en diciembre. Una vez estaba intentando salir del tren en Bandra, pero antes de que pudiera bajar al andén ya escuché el grito de guerra desde fuera: “chalo, chalo” (“Dale, dale” o “vamos, vamos”) e inmediatamente decenas de hombres asaltaron la puerta como si fueran corsarios atacando un barco. Empecé a repartir empujones y golpes a diestra y siniestra haciéndome un pasillo hasta toparme con un hombre bastante grandote que no estaba dispuesto a ceder. Tras chocar con él y comprobar que el tipo no se apartaría ni siquiera si fuera un elefante, lo esquivé con algunos rasguños en las manos. Acabé tan enfurecido que empecé a proferirle los peores insultos en inglés desde el andén.

Actividades deportivas en el parque: cricket, rugby, fútbol y otras.
Un día después compré un boleto para volver a Bandra desde una estación cercana a la playa Juhu. Eran las siete: la hora punta en Mumbai cuando todo el mundo vuelve a su casa en tren, coche, autobús o taxi. El andén estaba muy abarrotado. Pronto pasó un tren totalmente lleno, con gente aguantando en las puertas agarrada de los raíles exteriores. Lógicamente decidí esperar al siguiente. Pasó otro igual de lleno y luego otro. Finalmente me rendí y tomé un autorickshaw para volver a mi hostal.

Mientras rememoro estas situaciones llegamos a Bandra. Como era de esperar, la gente empieza a bajar en masa y me sumo como uno de los últimos en bajar. Antes de cruzar la puerta, los de afuera ya pierden la paciencia y empiezan a subir. Teniendo en cuenta las situaciones anteriormente descritas, me preparo para unos empujones y ataco primero. Pero esta vez es diferente: Después de algunos choques la gente se aparta y me caigo al andén… Me levanto y les miro con incredulidad pensando: “¿Pero qué pasa? ¿Por qué ahora no pelean?” ¡Son tan impredecibles estos mumbaikar!

El rectorado de la Universidad de Mumbai, en Colaba. Al principio lo
confundí con una iglesia...
Son situaciones inimaginables para alguien de Europa, pero ahora las veo en su contexto: el de la lucha por la supervivencia en esta gran ciudad. Vivir en Mumbai debe ser muy difícil. Miles de jóvenes de los suburbios tardan dos horas para llegar a su trabajo en oficinas localizadas en el centro y luego dos horas más para volver. Les debe quedar tiempo sólo para cenar con su familia y dormir antes de emprender el viaje otra vez. La muchedumbre en las estaciones es algo insólito que quizás sólo se compara con otras megalópolis asiáticas o latinoamericanas.

Tristemente, mucha gente no tiene alternativas y se suma al gentío que asalta los vagones para no pasar sus dos horas de viaje de pie. Posiblemente la construcción de varias líneas de metro, ya iniciada con dos líneas activas, resuelva una parte del problema, pero en la actualidad tomar el transporte público en Mumbai puede convertirse en una aventura.


niedziela, 10 marca 2019

La magia de Mumbai: la ciudad de los sueños

El barrio de Mahalakshmi visto desde el pasillo que lleva a Haji Ali Dargah
Mumbai, también conocida como Bombay, es una de esas ciudades que muchos turistas y viajeros extranjeros suelen evitar. Los atascos, el aire contaminado y el ruido de esta megalópolis de más de veinte millones de personas asustan a muchos, sobre todo a los que buscan las incontables otras caras de la India, por ejemplo la de paraíso natural o de retiro espiritual. Pero Mumbai ofrece algo muy diferente, algo que tienen muy pocas ciudades en el mundo. Cuando vine por primera vez hace unos meses, no tardé mucho en tener la sensación de que todo lo realmente importante en el mundo sucede aquí. Había sentido algo parecido al visitar Buenos Aires, Londres y París. Mumbai comparte con ellas una característica: es una ciudad imán para el talento y la creatividad. Es una de esas ciudades adictivas, de las que uno no quiere salir nunca para no perderse ni un día de “acción”.

Bandra: Un mural dedicado a la recién fallecida actriz de 
Bollywood, Sridevi, muy querida en la India.
Mumbai presume de la industria del cine más grande del mundo, llamada ‘Bollywood’, que conforma más del cuarenta por ciento de toda la producción cinematográfica india. En realidad `Bollywood` es el sobrenombre para todas las producciones cinematográficas en hindi-urdú basadas en Mumbai. Cada año produce más de trescientas películas (¡casi una película por día!). La industria atrae no sólo a actores y actrices, sino todo tipo de profesionales y gente creativa de diferentes estados de la India. La megalópolis de Mumbadevi (la diosa Mumba) mueve muchísimo dinero y poder. Además de esto, hay otras industrias, proyectos y empresas que atraen a los soñadores de todo el país.

Por supuesto el ‘glamour’ y la enorme riqueza no logran tapar la cara de Mumbai que todos desearían que no existiese. Según algunas fuentes hasta más de sesenta por ciento de la población de Mumbai vive en barrios informales o villas miseria, que en inglés llamamos ‘slums’. El ‘slum’ más grande del mundo, Dharavi (‘título’ disputado con el Orangi Town de Karachi en Pakistán) se encuentra en el centro de la ciudad y aglomera una población de casi un millón de personas. Aparte de esto, la ya mencionada contaminación y ruido hacen de Mumbai una ciudad fácilmente odiable. Sin embargo, al igual que me pasó con Delhi, rechacé el juicio superficial y decidí buscar el encanto de Mumbai.

Encuentro muy atractivos los mercados en las calles del sur de Mumbai, con su gran variedad de colores de telas, verduras y fruta. Disfruto mucho de los paseos por Bandra, un antiguo pueblo pesquero portugués convertido en un bullicioso barrio con vestigios del pasado cristiano y un presente multicultural con una importante comunidad musulmana. Me encanta el largo paseo Marine Drive que cada tarde deleita a miles de personas con un precioso atardecer y una impresionante vista del horizonte urbano del barrio Malabar Hill. Adoro Colaba, la parte más antigua de la ciudad, que en algunos lugares casi parece una Londres con palmeras y clima tropical. Pero tal vez por encima de todo me fascina la gran variedad de culturas y comunidades religiosas que conviven en Mumbai: hindúes, musulmanes, cristianos, budistas, jainistas, parsis y sijs juntos han construido este lugar y han contribuido a su fama de ciudad de los sueños.

Fotos de Mumbai:


Atardecer visto desde la playa Juhu

Haji Ali Dargah: Mausoleo de un santo sufí. El sufismo es una rama del islam muy extendida entre los
musulmanes de la India y Pakistán.

Chhatrapati Shivaji MaharajTerminus, anteriormente conocida como Victoria Terminus:
Una de las estaciones de tren más importantes de Mumbai y uno de los vestigios más
conocidos de la época colonial británica.

Otro mural dedicado al cine de Mumbai, el llamado 'Bollywood'

La playa Juhu

El puente que une Bandra con Worli: Bandra - Worli Sea Link

La iglesia Mount Mary en Bandra

El Haji Ali Dargah: El pasillo que lleva al mausoleo se queda totalmente sumergido en el agua cuando sube la marea en el mar.

Las torres gemelas de Mumbai, no muy lejos del Haji Ali Dargah

niedziela, 17 lutego 2019

Travesía en barco por los 'backwaters'

Vista de los backwaters desde el ferri
Hoy dejo mi paraíso en la isla Munroe. Me he sentido muy a gusto rodeado de un paisaje natural poco explorado por los turistas. Sin embargo, sólo tengo una semana en el estado de Kerala, por lo tanto puedo pasar sólo un día en cada lugar que elegí visitar. El plan para hoy es tomar el ferri y cruzar los ríos, canales y lagos de los backwaters para llegar a Alappuzha. El tiempo de la travesía será de ocho horas.

Después de ver el amanecer desde la isla en la que me alojaba, crucé el río con el barquero que luego me llevó en su moto a la estación de tren. El barquero es un hombre delgado, de estatura mediana y de unos cincuenta años de edad. Su educación y humildad totalmente encantadora me impresionaron al igual que me dieron un poquito de pena. Viajando por la India he aprendido que es una señal de sumisión hacia los más poderosos, común entre las personas que pasan toda su vida a su servicio. Al ver una persona occidental casi siempre emplean los títulos “sir” y “madam”, típicos en las relaciones entre maestro y servidor.

Tras llegar a la estación saqué un billete y se lo di. Me dijo algo en Malayalam, pero, por desgracia, no hablo su idioma. Me supo mal que en este país, y sobre todo en el sur, no puedo comunicarme con los más humildes. Automáticamente formo parte de la élite que habla inglés con fluidez. Como he podido comprobar varias veces, en la India el nivel de inglés a menudo indica cuál es la clase social de la persona.

Un día en los canales

Vista de los backwaters desde el ferri
El ferri de Kollam sale a las diez y media hacia el norte, a Alappuzha. Primero cruzamos un lago y pronto vemos varios barcos-casas o casa flotantes, muy populares en los backwaters de Kerala. Turistas indios y extranjeros los alquilan para ver la región desde su patio trasero.

Pasamos delante de varios pueblos humildes que parecen de campesinos locales. En una terminal de ferris hay un barco local tan abarrotado de gente que me extraña cómo se mantiene a flote. La gente nos mira con curiosidad. Hay algunas sonrisas, alguien nos graba con teléfono, mientras que otros nos saludan con la mano. El barco no tiene techo para proteger a la multitud del intenso calor. En cambio, en nuestro ferri hay mucho espacio vacío y un techo que nos permite disfrutar del paisaje sin abrasarnos.

Pagué cuatrocientas rupias por el pasaje: una cantidad que la mayoría de las personas en el barco local a lo mejor gasta en una semana en comida para toda la familia. Pensando en este gran contraste entre los dos barcos, miro a mi alrededor: aquí, salvo un hombre de Calcuta y una pareja mayor, son turistas blancos y occidentales. Parece que somos el primer mundo desfilando su privilegio y opulencia delante de la precariedad local.

El puente del ashram de Amritapuri, donde 'La Madre' supuestamente
puede curar enfermedades con un abrazo.
Las verdes orillas de los backwaters están repletas de palmeras cocoteras y pequeños arbustos. La mayor parte de la travesía transcurre paralelamente al mar y a veces lo puedo vislumbrar a lo lejos gracias a un canal de salida. El agua debe estar bastante salada, ya que abundan las medusas. En las orillas de los lagos y ríos más anchos se ven muchas redes chinas: unos muelles con una trampa que consiste en cuatro brazos que aguantan una red y unas luces en el medio de la trampa que deben servir para atraer los peces durante la noche. El conjunto de la trampa se puede bajar, dejando la red en el agua, y luego subir. Por desgracia, los peces no están a salvo en Kerala, ya que son considerados uno de los alimentos favoritos del estado.

Más o menos en el medio de la travesía nos cruzamos con el otro barco turístico, que hace la travesía de Alappuzha a Kollam. Estamos en un lago bastante largo y durante la próxima media hora nos sigue un nutrido grupo de pequeños pájaros. Vuelan detrás del barco, aceleran, hacen un círculo y vuelven. El espectáculo dura hasta que el ferri llega a un canal más estrecho. Me imagino que los pájaros confundieron el ferri con un barco pesquero o tal vez simplemente buscaban llamar la atención de los pasajeros.

Vista de los backwaters desde el ferri
En lo que queda de la travesía nos cruzamos con cada vez más barcos-casa, y en la mayoría de ellos sólo veo a una, dos o tres personas. Aparte de los turistas está también la tripulación: el capitán, el personal de limpieza y los cocineros. En uno de los barcos veo a una chica joven tumbada en una reposera viendo algo en su teléfono. Atrás se ve la cocina donde hay un hombre mayor sentado en una silla con una expresión de cara de cansancio y aburrimiento. Puede que sea sólo mi interpretación, tal vez el hombre no conoce el concepto de aburrimiento, pero seguramente su cara no desprendía felicidad. Otra vez me acuerdo del barco de transporte local tan lleno de personas que vi hace unas horas. El hombre, seguramente de origen humilde, normalmente viajaría en aquel barco, salvo cuando trabaja para alguien adinerado que alquila el barco-casa. El cocinero debe pasar las horas mirando los canales sentado en la pequeña cocina en la parte trasera del barco.

A las seis finalmente llegamos a Alappuzha. La travesía me ha aportado mucho más que vistas bonitas. Me ha hecho reflexionar sobre cuestiones políticas que considero importantes, como la igualdad (o más bien su falta) y el privilegio injusto del que gozo aquí como viajero europeo. Posiblemente la única manera de minimizar el impacto negativo del turismo en el mundo pasa por reconocer ese privilegio y viajar con conciencia y humildad. Hoy ha sido un día muy educativo pero aún me queda mucho por aprender.

Más fotos de la travesía:


Las verdes orillas de los canales y ríos de los backwaters

Las vistas desde el ferri a Alappuzha

Un barco-casa o casa flotante típico en los canales y ríos de Kerala

Más casas flotantes típicas de Kerala

Una iglesia en la orilla de uno de los ríos, ya cerca de Alappuzha