El pacifismo mal dirigido al servicio del invasor
Me gustaría ver el ideal pacifista implementado de
alguna forma durante mi tiempo en esta tierra. La idea de suprimir los
ejércitos y apostar decididamente por el diálogo como la única forma de
resolver los conflictos es hermosa y creo profundamente que la humanidad
debe avanzar en esa dirección. Ojalá un día no muy lejano vivamos en un
mundo en el que todos los estados llegan a un acuerdo para reducir
gradualmente sus ejércitos y su presupuesto militar de una manera
coordinada y honesta hasta la desaparición de las fuerzas armadas a
nivel global. Las guerras son una aberración en nombre de ideas tan
abominables como la superioridad de una nación o una etnia sobre otra.
En la historia humana miles de millones de vidas se han perdido de esta
forma absurda e injusta y se siguen perdiendo mientras escribo estas
líneas. Cualquier guerra es un gran fracaso colectivo de la sociedad que
ha creído que la violencia resolverá un conflicto o que no ha podido
frenar la megalomanía de sus líderes políticos.
No puedo negarle
la razón al autor del texto en algunos asuntos. Sin duda la retención
forzosa de los varones ucranianos para la defensa del país es algo
terriblemente injusto. Es inaceptable que sean separados de sus seres
queridos y obligados a participar en este brutal conflicto armado en el
que muchos perderán la vida o acabarán gravemente heridos. Valorar la
vida individual más que la defensa del país es una elección lógica y
completamente válida. No obstante, hay que recordar que al igual que ha
habido múltiples deserciones, también ha habido muchos miles de hombres y
mujeres ucranianas que se han ofrecido voluntariamente para el esfuerzo
defensivo y no precisamente motivados por una idea superficial de
“morir por la patria” o un “ultranacionalismo etnicista” como lo intenta
presentar el autor de La ilógica militar. Lo que está en juego en
Ucrania es mucho más que la bandera, el himno o el orgullo nacional y
hay muchas personas dispuestas a hacer sacrificios importantes en
defensa de unos ideales que les representan.
La violencia
empleada para la defensa de una agresión o una injusticia no puede ser
equiparada a la violencia del agresor. Las reacciones de rabia de unos
trabajadores explotados que están en huelga no son lo mismo que su
explotación por parte de las clases pudientes. La violencia de un pueblo
oprimido que se rebela contra un régimen totalitario no equivale
éticamente a la opresión que ha sufrido. Aparte de las relaciones de
poder que están en juego, ceder ante la tiranía comporta riesgos muy
graves, por lo cual muchas sociedades y naciones lógicamente recurren a
la lucha armada para defender unos valores colectivos. Hasta un pueblo
tan pacifico como el tibetano se alzó en armas contra la invasión china
en el 1950 temiendo la pérdida de su libertad y sus tradiciones bajo el
yugo de la República Popular China. Sus temores se confirmaron tras la
derrota: después de varias décadas de violenta represión, trabajos
forzosos y destrucción de templos su estilo de vida ancestral y sus
estructuras sociales están completamente destruidos. Los tibetanos
habrían podido salvar miles de vidas si se hubieran rendido al inicio
pero no creo que alguien diga que su esfuerzo defensivo fuera ilógico o
ilegítimo. La invasión Nazi de Polonia en el 1939 fue condenada por
unanimidad y dudo que hubiera pacifistas que no estuvieran apoyando al
pueblo polaco en su defensa. Entonces estaba muy claro quién invadió a
un país soberano destruyendo sus ciudades y matando a la población
civil. Ahora, sin embargo, algunos se empeñan en presentar a ambos lados
como si fueran igualmente culpables de romper la paz.
El autor
empieza el texto con una falacia diciendo que “no va a pararse la
invasión por la fuerza armada”. La historia está repleta de ejemplos de
invasiones que se han parado de esa manera pero no recuerdo ninguna que
se haya frenado pacíficamente (Corríjanme si me equivoco). Para citar
sólo uno, la intervención soviética en Afganistán fracasó por culpa de
la feroz resistencia de los muyahidines, apoyados por los países
miembros de la OTAN. Muchas otras invasiones en la historia fracasaron
estrelladas contra el esfuerzo defensivo del país invadido. Desde la
perspectiva ucraniana no se trata de “guerrear hasta la extinción del
oponente” - esto es más bien lo que intenta conseguir Putin, sino de
parar la invasión y defender la independencia del país. El presidente
ruso insinuó en varias ocasiones que su objetivo era derrocar el
gobierno ucraniano e instalar un gobierno proruso a la fuerza, cosa que
ya está haciendo en varias ciudades ocupadas como Melitopol en las que
reemplazó los alcaldes democráticamente elegidos por unos de su
elección. La extinción del oponente también consiste en borrar la
identidad ucraniana en los territorios que han ocupado y los invasores
ya han impuesto el idioma ruso como el idioma oficial de la enseñanza en
varias ciudades del sur que controlan.
Lo más alarmante de La
ilógica militar viene cuando el autor dice que “se ha demonizado
convenientemente” a Putin sugiriendo la existencia de una campaña de
difamación injusta contra su persona. Pues no hacía falta ninguna
campaña y ninguna manipulación porque Putin ya se encargó de demonizarse
a sí mismo con la invasión y anexión de territorios de Georgia y
Ucrania durante su mandato y con políticas propias de un estado
totalitario y ultraconservador. Recordemos los asesinatos, palizas y
amenazas a periodistas y disidentes políticos y la discriminación de la
comunidad LGTBI con el beneplácito del Kremlin. Tampoco olvidemos sus
vínculos de apoyo y financiación a la extrema derecha europea y las
campañas de desinformación orquestadas desde el gobierno ruso. Putin no
necesita que nadie le demonice fuera de Rusia, ya está bastante claro
quién es y con qué ideas se identifica.
El autor utiliza el
pacifismo para equiparar a Ucrania y Rusia hablando de “gente odiándose,
persiguiéndose, discriminándose, matándose entre ellos” y habla de la
existencia de la extrema derecha ucraniana como si esto en sí fuera
suficiente para igualar al agresor con el agredido. Si hoy en día se
intenta manchar la imagen de Ucrania con la presencia del Batallón Azov
en las filas de su ejército (unos mil hombres), ¿qué habrían dicho de la
Polonia que fue invadida por los Nazis? En aquella época Polonia tenía
un gobierno autocrático de derechas y abiertamente antisemita pero aún
así nadie en su sano juicio sugería que al final los polacos y los Nazis
eran sólo gente odiándose y matándose. Entiendo que el autor se refería
al gobierno ucraniano y los rebeldes prorrusos. No olvidemos que el
conflicto en la región del Donbass también fue provocado por Rusia con
la infiltración de milicias rusas y el sabotaje de la administración
ucraniana en el territorio. El Donbass al igual que Crimea fue arrancado
de Ucrania por la fuerza, como antes ocurrió con las regiones de
Abjasia y Osetia del Sur en Georgia.
El lema “no a la guerra”
tiende a simplificar la realidad en la que vivimos desde hace más de un
mes. Nadie entre los que apoyamos a Ucrania en su legítima defensa
“justifica” o “secunda la guerra”, lo hacen los que se han dejado
engañar por la propaganda del Kremlin que presenta a la invasión como el
mal necesario en defensa de la población ucraniana de unos nazis
inventados. El destinatario del mensaje pacifista en este caso debería
ser el régimen ruso y la población que lo apoya, si no el mensaje le
hace un favor al invasor reduciendo los esfuerzos de los defensores a
una violencia igualmente ilegítima e injustificable. No nos engañemos,
la paz se consigue frenando las ambiciones imperialistas de las
potencias militares como Rusia y no deslegitimando la defensa de los que
están sufriendo una brutal invasión que ha expulsado de sus casas a más
de diez millones de personas en un mes.
[La foto que ilustra el texto proviene de la Wikipedia y muestra manifestantes en la Marcha por la paz en Moscú en 2014]
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